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#MiPrimeraVez

Hay cosas en la vida que suceden sin darnos cuenta. Puede ser por ejemplo cuando nos hacemos amigos de alguien, que si uno tiene que pensar en qué momento decidimos que ibamos a ser amigos de esa persona, no se puede poner un momento específico, una situación, sino que más bien, es algo que se da naturalmente, y cuanto agradecemos tener a esa persona en nuestra vida, aunque no podamos explicar cuando comenzó esa amistad.
Algo así me pasó en esta relación con el vino. Recuerdo algunas reuniones con amigos, quizá tomando algún Colón, con suerte un Trapiche. Un día, con fortuna, podía llegar a probar un Valmont, con gratos recuerdos. Un Alamos era tocar el cielo con las manos. Ni hablar del Lopez, un siempre presente en los asados.
¿Cuándo comenzó esto? ¿En qué momento empecé a darme cuenta que más allá de un acompañante de la comida, comenzaba a ser un factor en sí mismo, una fuente de placer, de pasar buenos momento y de disfrute? En realidad, no lo sé.
Lo que sí recuerdo, es cuando esto se afianzó, cuando me convencí que es la bebida, que hay una relación especial entre nosotros y el vino.
Viaje a Mendoza, febrero de 2012. Cómo dije, ya me gustaba el vino, por eso había elegido ese destino, además de visitar amgios, el viaje cerraba por todos lados.
Un día hice el recorrido en bicicleta de las bodegas. Habremos visitado por la mañana dos o tres bodegas, incluida La Rural en la cual nos explicaron la historia de la bodega, y de como se hace el vino. Unir vino con bodega, más la gente que lo hace, más el lugar donde nace, la vid y su terruño, fue inolvidable.
Al medio dia teníamos incluido un almuerzo, acompañado, como no, con una copa de vino, en un restaurant de camino en esa ruta del vino.
A la tarde nos encontramos con una lluvia torrencial, y terminamos refugiados en la bodega Carinae. Nos contaron la historia de sus dueños, lo que estaban haciendo, y el presupuesto que teníamos solo nos alcanzaba para la degustación básica, que recuerdo fue muy correcta. Sin embargo, lluvia mediante, nos quedamos atascados en ese lugar. Había de visita un sommelier, o alguien de comercial, no recuerdo bien. Para esa ocación habían abierto una botella de la línea más alta de la bodega, no me viene a la memoria exactamente cuál. Y nosotros, varados allí, sin mucho ya por hacer, más que esperar a que pare la lluvia, nos dieron de probar una copa de esa botella para tres. Si, una copa para tres. Sin embargo, en ese momento percibí que estaba ante un vino distinto al que estaba acostumbrado. Sentí que estaba descubriendo algo más, algo diferente, y que había mucho por seguir conociendo. Supe que era un viaje de ida, un viaje de desubrimientos que nada más hacía que comenzar.

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