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Ayuda

"¡Ayuda! ¡Ayuda!" Ese grito desgarrador. Expresaba desesperanza en encontrar esa ayuda solicitada, aunque igual se intentaba pedirla. Parecía voz de mujer, pero no se puede afirmar con seguridad, la lejanía, y lo gutural de la voz impedían saberlo a ciencia cierta. Hacía calor, era una noche pesada, el aire parecía estar completamente quieto. Y a pesar de que era una zona céntrica, y que generalmente a la madrugada solía escucharse algo de bullicio, se hizo un silencio sepulcral antes de escuchar esos gritos.
"Las 3 am", pensó Juan. "Otra vez", concluyó.
A la mañana, cuando sonó el despertador, ya lo estaba esperando para apagarlo. Con desgano, pero con decisión, se levantó de la cama, se bañó, tomó el desayuno y salió para el trabajo.
En el camino, volvía a su mente ese grito desolador. "¡Ayuda!". Sabía que la noche pasada de desvelo y esa pesadilla recurrente, le iban a costar un par de horas de terapia.
"Que cara tenemos hoy", dijo Sonia, la recepcionista. Ni ganas de responder a ese comentario tuvo Juan. "Buen día" fue lo único que atinó a contestar.
Trató de pasar muy desapercibido ese día en el trabajo. Tenía que entregar ese documento sobre cómo la coyuntura económica influye en la dificultad de viajar a la isla de Santa Lourdes, destino al que solo van los más acomodados. Odiaba tener que escribir esos artículos totalmente intrascendentes. El poco atractivo que tenía hacer esa labor, sumado a la inquietud que no paraba de crecer acerca de esa pesadilla recurrente, hicieron de esa jornada algo bastante agobiante.
"Juan, mira que necesitamos ese artículo, ¿lo podrás tener para hoy?" dijo Martín, el jefe de redacción. "Seguro" casi sin pensar respondió.
Había que hablar con gente de turismo de Santa Lourdes, para comprobar la evolución de turistas de los últimos años. Hoteles para conseguir precios actualizados. Aerolíneas, para saber demanda actual de pasajes y cuanto costaban. Agencia de turismo, así informaban de las ofertas que tenían. A parte, ya le habían dicho que la idea era desmitificar este viaje, presentarlo como asequible a cualquiera. No lo dijo Martín, pero Juan sabía que era un artículo pago, de promoción. Eso lo hacía alejarse más de lo que tenía que hacer y pensar. "¡Ayuda!" resonaba una y otra vez.
Con gran esfuerzo, y ayuda de Karina, su compañera, pudo entregar ese maldito artículo de pacotilla. Apenas dieron las 6 pm, salió corriendo para el turno con la terapeuta, menos mal que hoy tocaba.
Ya en el consultorio, luego de viajar apretado por media ciudad, vio que ese día iba a tener que esperar. Al menos tenía las dos citas anteriores a él. Seguro que alguien había venido sin turno. Y claro, como Patricia tiene ese don de gente, que a veces cuesta encontrar en los profesionales de ese tipo, no habrá podido decirle que no. La verdad que no había mucho para hacer en la sala de espera. Estaba la tv en silencio en un canal de noticias, que cómo siempre, pasan de todo, menos lo que realmente importa. Estaban las dos pacientes que tenían cita antes que él, pero no parecía oportuno empezar una conversación justo ese día. Con la que tenía cita antes que él, hace meses que se veían cuando uno entraba y la otra salía, pero nunca pasaba de un "Hola, ¿todo bien?". ¿Por qué había de cambiar eso ahora? Además, a Juan no le entusiasmaba la idea de relacionarse demasiado con otros, especialmente en ese ámbito, donde parece que uno va a exponer lo más profundo de su ser. Donde debería haber más privacidad que en un consultorio médico normal, porque uno no se despoja allí de su ropa, sino de su alma, la da vuelta, y la sacude delante de otro. Con la paciente anterior, muy pocas veces la había cruzado, hasta el saludo era forzado.
Cuando hay que aguardar en la sala de espera de un consultorio, parecería que uno desciende a un limbo, a un lugar olvidado, perdido. Como no podía ser de otra manera, resonaba nuevamente y con mas fuerza en la cabeza de Juan: "¡Ayuda!". Menos mal que revisando su mochila encontró sus benditos auriculares. Muchos reflexionan que cuando uno escucha música con auriculares, se aísla del mundo, pero pareciera ser más un escape de nosotros mismos. Un escape de nuestros pensamientos, de nuestra conciencia. Intentamos callar nuestras voces internas, con esas melodías que pensamos que invaden nuestra alma, pero en realidad solo callan lo que nuestro interior nos quiere transmitir.
Luego de encontrar la lista de reproducción preparada para esos momentos en que parecía descender al abismo mismo, se sumergió en las melodías que lo hacían ir por lugares que solo existían en ese rincón de su imaginación. Finalmente, cuando fueron pasando las canciones, llegó a esa tan especial, que tantos recuerdos le traía. Tanto quería escapar de su interior, que no pudo resistir más en el interior de esa sala, y tuvo que salir. Había descendido un poco la temperatura, y se había levantado un poco de viento. Con ese ambiente más agradable, pensó que le iba a hacer bien caminar un poco, luego hablaría con Patricia explicándole porqué tuvo que irse. Caminó como sin dirección, pero su mente sabía exactamente donde lo llevaba. Parecía caminar sin rumbo, desorientado, como desconectado de todo lo que lo rodeaba. Sin embargo, cuando pareció tener nuevamente dominio de su cuerpo y mente, percibió que se encontraba en esa esquina. Ese parecía ser el lugar que el universo había elegido para que se resumiese su vida. Allí se juntaba con los amigos después de salir de la escuela. Esa esquina fue donde se encontró por primera vez con Julieta. También recuerda que hubo una última vez que se vio con ella.
"¡Ayuda!" Nuevamente ese grito desolado. Cada vez que sonaba en su mente, sentía que algo de su vida se escapaba. No sabía muy bien como afrontarlo. Ese grito desesperado, ¿era su alma tratando de no sentir más ese dolor? ¿Era otro ser humano tratando de conseguir lo imposible, calmar un dolor inagotable?
La noche llegaba otra vez. Sin más que con su música, y su instinto de supervivencia que le decía que debía comer, retornó a casa.
Al abrir la puerta y encender la luz, vio allí la imagen que en su momento representó para él luz, aire y vida. Pero ahora, parecía un recuerdo algo lejano, que lo llevaba a rincones oscuros de su mente. En realidad, el recuerdo seguía siendo iluminador, lo que hacía que el presente sea menos agradable, un lugar más incómodo para estar.
En su mente se dispararon muchas inquietudes, algunas más perturbadoras que otras. Estaba pensando en todo lo que había perdido, en esa persona que no está más, pero que alguna vez estuvo bien instaurada en su vida, tanto es así, que cuando se fue, ya no hubo manera de llenar ese espacio. Cómo si a uno le cortaran una mano, ya no hay manera de que vuelva a crecer.
"¿Será posible seguir así?" pensó Juan. En el momento en que no estaba muy seguro sobre cómo contestar a esa pregunta, sonó el teléfono. "Juan, acá está Catalina, quiere hablar con vos" dijo Malena, la suegra. Ese nombre hizo el trabajo que no pudo hacer la terapeuta. Fue como si el sol saliera otra vez, aunque la noche ya dominaba. Cuando pudo reaccionar, comprendió quién pedía ayuda. Sin embargo, esa persona ya no estaba más. Y aunque Catalina no pedía ayuda, si la necesitaba más que nunca.
"Hola hija, ¿cómo fue tu día?" preguntó.
"Muy bien papá, ¿mañana me venís a buscar?", contestó Catalina.
"Claro que sí, Catalina."
La conversión siguió algo trivial. No se dijeron nada importante. Pero para Juan esta llamada fue su salvación. Aunque no era él el que pedía ayuda, necesitaba ser salvado, como todos.

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