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Nada cambia

La noche fue dura. Entre ese mosquito que se dedicó a hacerme miserable, el tren que hasta las 12:45 am pasa como un reloj perfecto y las ambulancias que entran y salen del hospital de enfrente, conspiraron contra una noche de descanso, aunque sea una.

Por la mañana, mientras tomaba el café clásico de las mañanas con mi mujer, pensaba como hacía ella para poder dormir tan plácidamente. Creo que debe ser algo de los genes.

Ya camino al trabajo, el mismo de hace 5 años, creo que voy por el record de permanencia, no podía dejar de pensar cuanto iba a lamentar la falta de sueño.

La misma rutina, después de fichar, acomodar mi escritorio, prender la pc, ver todos los papeles acumulados para ordenar y procesar, y prender la máquina de café.

Al rato, como suele pasar, llegan Jorge, Martín, Dardo y Manuel. Comienza la charla de los lunes, que golazo metió el lancha Gutierrez, el pase perfecto del mago Miguez, el cabezazo del tanque Martucci y la atajada que seguro queda para la historia del colorado Patrov. Las gastadas del ganador contra perdedor, y así hasta que cada uno queda ensimismado con sus tareas.

Luego de un rato, ya la noche en vela empieza a pasar factura. Como había que hacer unos trámites, y era un día bastante fresco de agosto, me los apropio y salgo a dar unas vueltas.

Había que ir al correo, al banco y a lo de Guamarindo, a llevar unos cheques. La verdad que pude hacer todo bastante rápido, así que aproveché que estaba don Julián con su carrito de café en la plaza Victoria de Azul, le pedí un cortado y disfruté un rato de esa mañana fresca pero totalmente despejada.

Ya estaba bastante renovado, cuando medio aburrido, empiezo a dar atención a varios carteles que tenía alrededor. Se acercaban las elecciones para elegir al ‘mandador’ como le dicen acá.

Muchas promesas por todos lados, y claro que todos quieren ganar. Aunque había slogans bastante similares. “Vamos por el cambio”, “El camino es seguir construyendo”, “Continuemos lo empezado”, “El cambio está por venir”, y parecidos.

Cambio. No cambiar. La pregunta es, ¿cambio, o seguimos con lo mismo? ¿Conviene cambiar, o tratar de seguir con lo que ya estamos? Cambiar, ¿es cambiar todo? ¿No sirve nada de lo que está? Seguir con lo mismo, ¿es rechazar que hay algo por cambiar, sabiendo que siempre tenemos algo para mejorar, aunque antes nos haya ido bien con eso?

Me hundí en ese mar de pensamientos un buen rato. Cuando me dí cuenta, me estaban llamando de la oficina al celular, había pasado como una hora y media.

Luego de la jornada de trabajo, me junté con el grupo del secundario, después de 15 años nos seguimos juntando todos los lunes para jugar al fútbol. La verdad que como venía, después de no dormir por varias noches, no puedo decir que me haya lucido. Mi puesto, es el 5 tradicional, como el famoso Zarratea de Los metropolitanos unidos, aunque un poco más panzón y menos lírico.

Muerto, así llegué a casa. Sofía, una perla en el océano, me esperaba con los fideos con salsa bolognesa como me gustan Después de una ducha, mientras miramos una película medio romanticona, cenamos. Deliciosa estaba esa pasta.

Medio que ronqué la mitad de la película, pero ni una queja de Sofía, sabía que venía con problemas para dormir.

A la noche, me desperté por la bocina del último tren. Maldición. No pude pegar de nuevo los ojos.

Me levanté tratando de no hacer ningún ruido, no la quería despertar a Sofía, trabaja más horas que yo la pobre.

Me fuí al sillón con un vaso de whisky, a ver si eso me hacía dormir aunque sea un poco. Sin darme cuenta, me levanté, me puse los zapatos, el sobretodo, y salí a dar una vuelta, qué sentido tenía seguir ahí, si igual no iba a poder dormir.

Llegué al cafe San Wilson, que a esta hora están los taxistas que terminan su ruta de la noche, y los que arrancan su turno temprano, y los vagabundos como yo. Me pedí un café con leche, aunque ni sé por qué lo pedí, si tomo café después de las 18, y no puedo pegar un ojo, pero igual ya había perdido las esperanzas de dormir.

A eso de las 6 empecé a volver a casa, cuando me dí cuenta que no tenía las llaves encima. “Las dejé en la cafetería”. Volví, hice las mismas dos cuadras de antes, pero no había ninguna cafetería. “Me equivoqué”. Di vueltas un buen rato, y nada, no lograba encontrarla. Abandonando esa iniciativa, emprendí el camino a casa. “Sofía debe estar preocupadísima”. Iustin 478. Iustin, existe esa calle, el 478 también, al lado sigue estando la zapatería, pero ahora hay un edificio, una mole de 20 pisos.

Me empiezo a preocupar, se me nublan los ojos. Desesperado, busco un policía, y al relatarle mi historia, medio incrédulo, me lleva a la comisaría.

Allí me toman la declaración y al no poder tranquilizarme, llaman a la ambulancia. Ahí recuerdo que yo vivo enfrente a un hospital, y les digo, que vivo en la calle Iustin al 400. Me dicen que el hospital lo mudaron hace más de dos años, el más cercano ahora está a unas 20 cuadras de ahí. “Estoy loco”. “Estoy loco”.

“Señor” me dice el de la ambulancia, “tranquilícese”. “Estoy loco”. Me inyectaron algo, ni idea qué. Lo siguiente que recuerdo es que estoy en un hospital.

Todo ese día lo pasé internado, médico, tras médico, nadie sabía lo que me pasaba. Me decían que estaba perfecto. Pero no tenía ninguna documentación encima, había dejado todo en casa, solo traía un poco de plata y nada más. El teléfono también lo había dejado.

Les dije que llamen a casa, pero me decían que ese número no existía, sino que les decía que no era un abonado. El celular de mi mujer, me costaba acordarmelo. Les dije quien era, Raúl Zalas, pero me decían que no había nadie en la guía así. Sofía Laurins, tampoco aparecía.

Después de un rato, pasó un oficial, el que me tomó la declaración. Se había quedado preocupado por mí. Me volvió a pedir los datos. Le repetí todo, tal cual se lo había dicho antes.

Me dijo que quería confirmar. Efectivamente, hace un año y medio, hubo un accidente de autos tremendo, volviendo de la costa, de Mar Celeste. Uno de los vehículos lo manejaba yo.

En ese instante, era como si el tiempo se hubiera detenido, mejor dicho, como si hubiera ido más lento, pasaron delante mío los últimos año y medio.

Medio borroso, empecé a recordar. Inmediatamente, grite “Sofíaaaaaaa”.

Ya no iba a responder. Los médicos me explicaron que ese tipo de traumas pueden causar perdidas de memoria, desorientación, y varios síntomas más.

En un momento, ya no escuchaba más a los médicos. Solo estaba con Sofía , cenando esas milanesas napolitanas que eran únicas.

Pasando el tiempo, aunque había intentado vivir solo, tuve que volver a los de los viejos, no me quedó otra. “Sofía, ¿vamos al cine hoy?”. Somos muy salidores nosotros. Fui a una entrevista de trabajo. Me dijeron que no tenía mucha experiencia para ese puesto y ya por mi edad, no me podían tomar, estaban buscando a alguien que recién empezara. “Si, dale, pero hoy dejame elegir a mí”. Es que yo elegía las de John Starlowskic, es un maestro. Una santa, siempre se las bancaba, pero sí, una vez le tocaba a ella. “Mañana vamos a los de mis papás”. Sabe ella que con la mamá no tengo drama, pero al viejo no me lo trago. Siempre con sus discusiones de política. “Amor, como vos digas”. Lo que no me puedo quejar es que la mamá cocina como los dioses.

Después de volver esa noche, le dije que no me caía bien su papá. Discutimos. Pero luego nos calmamos, hicimos las paces. Así es Sofía. Siempre trata de ver lo mejor de mí. En realidad, con ella sale lo mejor de mí.

“Señor Raúl, tiene que seguir el tratamiento para poder mejorar”. Cada cita con el psiquiatra era igual, me repetía lo mismo. Que debía hacer ejercicio, dormir bien, comer bien, tomar la medicación y que de a poco iba a mejorar.

La gran pregunta era, ¿quiero mejorar? ¿Puedo mejorar? ¿Puedo cambiar?

Cambiar, esa era la palabra. A veces uno lo logra, otra veces uno queda en el intento. Pero, ¿realmente cambiamos? ¿Existe el cambio?

“Sofía, ¿te casas conmigo?”. Una lágrima por su mejilla rosada. “Claro que sí, salamín”. Nunca me voy a olvidar de ese día.

Al final, lo único que quería yo era la rutina. Ir a trabajar, juntarme con los muchachos, llegar a casa y que esté ella. Cada tanto ir a visitar a la familia. Irnos de vacaciones. Pasar la rutina de la vida con ella. No quería cambiar. ¿Se puede cambiar? ¿Se puede doblar un árbol ya crecido? No, no se puede. Crean que ya lo intenté.

Pasaron los años. Un día en el supermercado, vi a una mujer muy elegante, que tenía problemas para elegir su vino. La vi muy desorientada. Me acerqué muy de a poco. Cuando me di cuenta, me había dado un papel con su número de teléfono, y quedamos para tomar un café.

Nos despedimos, y al dar unos cuantos pasos, me di cuenta que no le había preguntado el nombre. La busco y ya no la veo, leo el papel que me había dado con su número de teléfono y veo escrito su nombre. "Sofia".

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